La tienda popular, , disfrutó una prominencia en la Plaza de Zocodover. Como las ciudades españoles son basadas alrededor de una plaza principal, la tienda tenía mucho éxito, aunque habían muchísimas otras en la misma industria. Por eso, su dueño, Santiago Moya López, era muy contento. Al principio era un martes como todos los martes—quizás un poco más ocupado. Habían un poco más visitantes de lo habitual, y algunas compraron y otras no compraron.
Ahora suena el reloj para indicar que son las dos de la tarde, y nuestro Santiago acaba de comer su almuerzo—un bocadillo grande con jamón serrano y queso brie, con un postre de melón, su favorito. Tuvo que almorzar su almuerzo en los descansos escasos entre las llegadas de los clientes.
Por fin, son las dos, que es decir que la tienda puede cerrar por la siesta del día, y además, Santiago puede disfrutar un reposo bien-merecido. En el momento en que él está a punto de cerrar la puerta, una persona llega y pide su ayuda. El buen dueño, conocido por su servicio impecable al cliente, ayuda a la persona, y después de cinco minutos de conversación, el cliente compró una espada mediana.
Ya, se puede cerrar la puerta y despertarse… pero ahora llega otra persona que quiere comprar una guitarrita de oro en el estilo toledano. Y otra que quiere comprar una navaja. Y otra que solamente está mirando… y otra, y otra, y otra… hasta la tienda está llena de personas. Tantas personas, que nunca ha habido tantas personas como ahora. Tantas personas, todos hablando.
Los sonidos ásperos de la jota y la zeta dominan el aire. ¡Cómo puede ser, que está la siesta! Él casi tiene que gritar para preguntar a un cliente:
-Señor, ¿sabe usted que está la siesta? ¿Es usted de España? ¡Y tantas personas aquí de repente!
-Si, soy español. Pero, ¿si qué está?-responde el cliente confundido.
-No, si-ES-ta. El descanso de la tarde.
-No conozco esa palabra.
El dueño agotado y abrumado mira por la ventana, y ve la plaza abarrotada, ¡como sean las once de la mañana!
Sale y mira por la calle. ¡Y tantas personas!
La tienda al lado, que siempre cierra a las dos también, todavía está abierta, y llena de personas.
Y todo el tiempo entran más clientes, y turistas japoneses, y americanas insolentes, y personas de todos partes del mundo que vienen a España para las vacaciones, y quién no tienen ningún idea de la siesta de todos modos. Piensa Santiago: ¿Puede ser posible que no hay siesta hoy? ¡Éste es como una película irrealista de Almodovar! ¡Ay, Dios mío! ¡Que si termina esa pesadilla, yo prometo asistir la misa otra vez!
Y con esas palabras, en medio del sonido de la muchedumbre, suenan las campanas de la iglesia, uno…dos…dos veces.
Significa que son las dos de la tarde… ¿otra vez? Y despierte Santiago Moya López; despierte desde su pesadilla terrible, al silencio verdadero de la siesta, sino pocas personas, y las langostas que suenan en el calor.
Se restablece la calma de la tarde, con sus sonidos del almuerzo, de los caminantes, de las palabras calladas y relajadas. El dueño agradecido vuelve a su tienda, cierra la puerta, pone las sombras, y, como todos los españoles entre las horas de dos y cinco y media, toma una siesta… una siesta buenísima…la mejor siesta que ha había.
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